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Autor Tema: La engañosa apariencia del sueño americano  (Leído 1883 veces)
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arobles74
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« en: Noviembre 07, 2011, 03:47:13 »

Heisenberg dice relájate.

La anterior es una frase que nos remite, en un destello de memoria, al eslogan con el que se promovía “Relax”, la famosa canción ultrabailable que, allá por los ochenta, hizo de Frankie Goes to Hollywood uno de los grandes hitos de la época. También se trata de una de las mejores líneas de Breaking Bad, una de las series de televisión más notables luego de la era de Los Soprano y The Wire.

Creada por Vince Gilligan, la historia de Walter White, también conocido como Heisenberg, es de una incorrección política tal que uno no puede evitar el aplauso. Padre de familia ejemplar, genio de la química frustrado y refugiado en el capullo de su devenir cotidiano, maestro de preparatoria por las mañanas y cajero de un autolavado por las tardes, Walt se las arregla para llevar una vida decorosa y sin mayores lujos: en su mesa nunca falta la comida y tanto sk!ler, su mujer y ama de casa embarazada, como Walter Jr., su hijo con cierto grado de parálisis cerebral, son el complemento suburbano de un héroe clasemediero como muchos otros.

Hasta que descubre que tiene cáncer.

Un evento lleva al otro y, de la noche a la mañana, Walt se alía con su ex alumno Jesse Pinkman y montan un laboratorio para producir una versión azul y perfecta de crystal meth o cristal, una de las drogas favoritas que consumen los adictos estadunidenses, producto local y hogareño que ya es un referente de la cultura popular vertido en novelas, series de televisión y películas.

Mientras que Walt aporta su conocimiento químico para la creación de la droga, Jesse sale a la calle a distribuirla, hasta que se topa de narices con Tuco, el dueño de la plaza de Albuquerque, un narco enloquecido, hispano de origen (mexicano, vaya) y cuya altura moral se mide no hacia arriba sino hacia el fondo de la tierra. Cuando Walt termina por encarar a Tuco, titubea apenas un instante para luego presentarse como Heisenberg, productor de la traslúcida droga azul que llamará la atención de la DEA y más en particular del agente Hank Schrader, quien es además cuñado de Walt.

El coctel anterior se destila en una serie cuya primera y vertiginosa temporada captura al espectador con sus reveses éticos, además de con una pregunta que sirve de combustible al motor de nuestra curiosidad y enajenamiento: ¿No harías tú lo mismo?

Pero más allá del estrato familiar y de la súbita alteración de la apacible vida de los White, hay una sociedad puesta en jaque: ¿No se trataba, aquí, de la tierra de oportunidades y de una nación apegada a la ley, alérgica a lo ilegal, orgullosa de sus instituciones?

Acostumbrados a entender al narco desde el punto de observación del país al que entran armas para sacar las drogas de su territorio, el televidente mexicano tiene ante sí una peculiar válvula de escape: en Estados Unidos también se cuecen habas o, mejor aún, se cocina crystal meth.

Si bien Breaking Bad se asoma en un momento determinado a nuestro lado de la frontera —y lo hace a través de una caricatura hasta cierto tiempo respetuosa—, la acción ocurre casi íntegramente en el terruño del sueño americano y se sostiene en una premisa que lo hace todo aún más atractivo: ¿Qué pasaría si un individuo y sus asociados rompieran con el cártel mexicano con el que hacen negocios y, de pronto, reclamaran la plaza de los estados del sur central del país vecino para sí?

Más allá de Tuco —de cuyos labios escuchamos la frase con la que abre este texto— tenemos a Gus, un hombre de origen incierto —es de piel muy morena, habla un español pésimo y prepara platillos chilenos— que parece el modelo a seguir de los inmigrantes que encuentran en Estados Unidos las oportunidades prometidas. Dueño de una cadena de comida rápida llamada Pollos Hermanos, Gus es un ciudadano sin tacha que apoya con fondos y comida a la DEA en su persecución del crimen organizado, un antiguo alien que supo canjear su Green Card por la nacionalidad más codiciada del orbe, manifiesto en su agradecimiento hacia el país que le permitió el éxito empresarial.

No muy distinto de Walt en sus modos, usos y costumbres, Gus también tiene un secreto y lo esconde en las entrañas de una gran lavandería: un laboratorio moderno y recién estrenado cuyo objetivo es producir la droga azul por el mito instantáneo que es el Heisenberg de Albuquerque.

De complejidad creciente, Breaking Bad consigue dejar atrás lo telenovelesco de su segunda temporada y desembocar en una tercera y una cuarta que nos ofrecen una gran obra de ficción que incluso se atreve a meterse con Beckett, pero sin dejar de lado el sustrato de realidad que provoca y azuza al televidente, por más que Heisenberg nos diga que nos relajemos, asunto imposible de conseguir toda vez que es muy difícil saber cómo terminará la serie, que probablemente no tenga más de cinco temporadas.
Y a manera de colofón, tampoco olvidemos lo que decía Frankie: Relájate, no lo hagas.

David Miklos. Escritor. Su más reciente libro es La vida triestina
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